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Organismos Internacionales

América Latina y África, la alianza científica que Manuel Otero proyecta para el agro global 

El exdirector general del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA), Manuel Otero, quien cuenta con una vasta experiencia en el desarrollo agroindustrial, propone una transformación profunda para el abastecimiento mundial. Separados por menos de 3.000 kilómetros de océano, América Latina y África sostienen hoy sobre sus hombros el futuro alimentario del planeta. Mientras el continente americano se consolida como el mayor exportador neto de alimentos del planeta, el suelo africano alberga el 65% de las tierras cultivables aún subexplotadas del globo y la mayor proporción de jóvenes del mundo. Frente a este escenario, Ámbito Internacional dialogó con el especialista tras su participación en la cumbre de los Sistemas Alimentarios de África en Kigali, Ruanda. En un análisis minucioso, Otero detalló su propuesta de estructurar una plataforma permanente de cooperación birregional que funcione como un puente científico, técnico y financiero, bajo una convicción definida: ante la volatilidad geopolítica actual, las respuestas deben ser colectivas.

La iniciativa no pretende construir desde la nada, sino relanzar y potenciar la experiencia de cooperación liderada por la Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria (EMBRAPA) en 2010. Aquel mecanismo, que contó con la gobernanza del Banco Mundial y el apoyo de la FAO y el FIDA, logró movilizar 21 millones de dólares y escalar más de 170 tecnologías agrícolas en trece países africanos. La meta actual, según detalla Otero, es redoblar esa apuesta sumando activamente al sector privado —propietario de gran parte de la innovación contemporánea— y a nuevos estados clave para transferir con velocidad los modelos que transformaron la producción tropical en las últimas décadas.

El espejo latinoamericano ofrece soluciones concretas para ecosistemas similares. La revolución del Cerrado en Brasil, un bioma que ocupaba la cuarta parte del territorio brasileño y presentaba características idénticas a la sabana africana, es uno de los principales faros técnicos. Mediante la incorporación de ciencia, biotecnología, sistemas de riego y modelos productivos que integran ganadería, agricultura y bosque, Brasil mutó de importador a potencia agroalimentaria global. A este legado se suma la experiencia de la siembra directa en Argentina, un sistema de labranza cero que demostró la viabilidad de producir a gran escala mientras se regeneran las condiciones ambientales.

Sin embargo, el éxito de la transferencia tecnológica radica en evitar los esquemas de dependencia y priorizar el desarrollo de capacidades locales. No se trata de trasplantar paquetes cerrados de innovación, sino de proveer las herramientas para que las comunidades africanas adopten y adapten los procesos a sus propias realidades hídricas y climáticas. La urgencia obliga a enfocarse en la base del sistema: la agricultura familiar, que en África gestiona 66 millones de unidades productivas y aporta el 75% de los alimentos consumidos en el continente. El hecho de que la histórica Revolución Verde no haya prosperado allí se debió principalmente al elevado costo de los fertilizantes e insumos, una brecha que hoy debe subsanarse con políticas públicas eficientes, incentivos económicos y un multilateralismo financiero más ágil y menos burocrático.

La cooperación ya exhibe sus primeros hitos de ejecución. El IICA, junto a la Alianza para una Revolución Verde en África (AGRA), puso en marcha el programa “Suelos Vivos”, una iniciativa orientada a mitigar la degradación de las tierras, rehabilitar suelos ácidos y capturar carbono. Este esfuerzo técnico convive con el desafío de resolver la brecha de conectividad digital que aísla a las zonas rurales en ambas regiones, un factor indispensable para acelerar la transformación de la actividad y arraigar a las nuevas generaciones.

Más allá de los acuerdos sobre agricultura digital, manejo del agua o uso de biomasa, la verdadera iniciativa emblemática de esta alianza radica en una batalla cultural: edificar una nueva narrativa global para el sector. Es imperioso desterrar la percepción anacrónica de la agricultura como una actividad meramente primaria y extractiva, desprovista de oportunidades de desarrollo. La realidad demuestra que el agro actual es intensivo en conocimiento, un motor tecnológico que genera energía limpia y servicios ambientales estratégicos, consolidándose como el único proyecto de vida sostenible capaz de garantizar la seguridad alimentaria en el tablero mundial del mañana.

Esta capacidad para articular agendas complejas entre Occidente, los países en desarrollo y las potencias globales es, precisamente, la que hoy posiciona a Manuel Otero en el escenario internacional. Tras consolidar al IICA como un actor intercontinental con hitos en suelo africano, su enfoque basado en la ciencia, la bioeconomía y el multilateralismo pragmático le otorga un perfil técnico y diplomático singular. En un contexto internacional fragmentado, su actualidad lo proyecta como una figura de consenso natural de cara a la conducción de la FAO, liderando una visión donde la producción sostenible y la integración de continentes son las claves de la gobernanza global moderna.

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