La actividad destacó la importancia del kreyòl ayisyen como lengua oficial, patrimonio cultural y expresión de la identidad haitiana, a través de la música, la poesía, la danza y la gastronomía.
La embajadora Olga Medor Ducasse se dirigió a las familias y, especialmente, a los niños, alternando entre el criollo haitiano y el español. Su mensaje resaltó la necesidad de preservar una lengua que forma parte de la vida cotidiana de la mayoría de la población y que permite transmitir historias, valores y tradiciones de una generación a otra.
El criollo haitiano, conocido como kreyòl ayisyen, comenzó a formarse durante el período colonial francés, entre los siglos XVII y XVIII, en las plantaciones de Saint-Domingue, territorio que luego se convertiría en Haití. En ese contexto convivían personas africanas provenientes de distintas regiones, con lenguas y culturas diversas, junto con colonos franceses y otros grupos presentes en el Caribe. La necesidad de comunicarse dio origen a nuevas formas lingüísticas que, con el tiempo, se consolidaron como una lengua propia.
Su vocabulario recibió una fuerte influencia del francés, especialmente en las palabras vinculadas con la vida cotidiana. Sin embargo, el kreyòl ayisyen no es una versión simplificada de ese idioma. Desarrolló su propia gramática, pronunciación y formas de organizar las frases. También incorporó aportes de lenguas africanas y recibió influencias de otras lenguas presentes en la región caribeña.
La formación del criollo haitiano estuvo estrechamente ligada a la experiencia de las personas africanas esclavizadas. Para ellas, la lengua se convirtió en una herramienta de comunicación y en un espacio de encuentro entre comunidades separadas por la violencia colonial. El idioma permitió construir vínculos, compartir conocimientos y conservar elementos culturales africanos en un contexto de opresión.
Durante la Revolución Haitiana, iniciada en 1791, el criollo fue utilizado por gran parte de la población. La independencia, proclamada en 1804, significó no solo la creación de la primera república negra independiente, sino también la consolidación de una identidad nacional diferenciada. Aunque las instituciones mantuvieron durante mucho tiempo el predominio del francés, el criollo continuó siendo la lengua de la mayoría y el principal medio de comunicación del pueblo haitiano.
Después de la independencia se profundizó una situación de desigualdad lingüística. El francés quedó asociado con la administración, la educación formal y los sectores sociales con mayor poder, mientras que el criollo permaneció ligado a la vida familiar, comunitaria y popular. Esta diferencia no significaba que el kreyòl fuera menos desarrollado, sino que respondía a una distribución desigual del prestigio y del acceso a las instituciones.
A lo largo del siglo XX crecieron los esfuerzos por estudiar, escribir y enseñar el criollo haitiano. El trabajo de investigadores, escritores y docentes permitió fortalecer su presencia en la literatura, la educación y los medios de comunicación. La Constitución de 1987 reconoció al criollo haitiano y al francés como las dos lenguas oficiales de Haití, un paso decisivo para revertir su histórica marginación.
El reconocimiento oficial también amplió el debate sobre el derecho de la población a recibir educación, información y servicios públicos en la lengua que utiliza cotidianamente. Para una gran parte de los haitianos, el kreyòl es la vía más directa para comprender los asuntos públicos y participar en la vida política y social del país.
En la actualidad, el criollo haitiano se habla en los hogares, las comunidades, los medios de comunicación, las iglesias, las escuelas y los espacios públicos. Es la lengua que utilizan diariamente millones de haitianos y cumple una función central en la participación social. Para quienes no dominan el francés, facilita el acceso a la educación, la información, la política y los servicios públicos.
El idioma también ocupa un lugar central en la producción cultural. En criollo haitiano se escriben canciones, poemas, cuentos, obras teatrales y discursos. En el encuentro se mencionó al músico haitiano Othello Bayard y se evocó la canción “Haití querido, hermoso país”, una expresión de amor por la tierra natal y de orgullo por la cultura haitiana.
La poesía, la música, la danza, las obras de arte y la gastronomía que formaron parte del encuentro reflejaron la riqueza y la diversidad del patrimonio cultural haitiano. A través de los proverbios, las canciones y las narraciones, el pueblo haitiano transmite experiencias, enseñanzas y una forma particular de comprender la vida.
Uno de los momentos centrales estuvo dedicado a los niños. “A nuestros niños queremos decirles que los amamos”, expresó la embajadora Olga Medor Ducasse, quien los alentó a estudiar, respetar a sus padres y demostrarles cariño. El mensaje subrayó que la familia es uno de los principales espacios para conservar la lengua y mantener vivas las tradiciones.
Esta tarea adquiere una importancia especial entre las comunidades haitianas que viven fuera del país. En la diáspora, hablar criollo permite sostener el vínculo con las raíces y acercar a las nuevas generaciones a la historia de Haití. Para muchos niños y jóvenes nacidos en el exterior, escuchar y aprender kreyòl significa acceder a una parte fundamental de su identidad familiar.
La lengua también atraviesa las fronteras. Se habla en comunidades haitianas de distintos países del Caribe, América Latina, América del Norte y Europa. En esos espacios cumple una doble función: facilita la comunicación entre los miembros de la comunidad y conserva una identidad cultural frente a otros entornos lingüísticos.
El encuentro encabezado por Olga Medor Ducasse reafirmó que el criollo haitiano no es una lengua inferior ni una variante reducida del francés. Es un idioma completo, vivo y creativo, con una historia propia y una importante capacidad para expresar conocimientos, sentimientos, conflictos sociales y manifestaciones artísticas.
A través de sus palabras y de las expresiones culturales presentadas, la embajadora reivindicó una lengua que conserva la memoria de Haití y acompaña la vida de su pueblo desde la época colonial hasta el presente. Para Haití y para sus comunidades en el exterior, el kreyòl ayisyen representa una lengua de pertenencia, resistencia y futuro.